Yhassir Valdez Vilaseca, de 31 años, no figuró en la lista inicial de fallecidos del accidente del avión militar en El Alto porque sus documentos desaparecieron en medio del caos posterior al siniestro. Sus padres lo buscaron hasta hallarlo en la morgue.
La tarde del viernes 27 de febrero, un avión Lockheed C-130 Hércules de la Fuerza Aérea Boliviana se salió de la pista del Aeropuerto Internacional de El Alto y terminó sobre la avenida Costanera. El impacto dejó víctimas fatales y decenas de heridos, además de escenas de desorden y denuncias de robos.
Entre quienes perdieron la vida estuvo Yhassir. Esa noche caminaba hacia sus clases en el Instituto Técnico Comercial Superior de la Nación (Incos), donde cursaba su segunda carrera. Estaba en pleno proceso de tesis y planeaba concluirla en junio.
Su padre, Víctor Valdez, resumió el dolor con una frase que todavía le pesa: “La familia estaba muy orgullosa. Nos quitaron todo, todo”.
El nombre de Yhassir no apareció en la lista oficial de víctimas de la tragedia. Cuando lo encontraron, no tenía documentos. Para su padre, esa ausencia explica parte del desconcierto. Relató que varias personas tendidas en el suelo no pudieron ser identificadas porque les habían robado las billeteras.
Teresa Vilasec, su madre, recordó con exactitud la rutina de su hijo. Cada noche cruzaba el puente Bolivia rumbo a clases. “Ese día salió como siempre”, contó. Minutos después ocurrió el accidente.
Pasadas las 22.00 comenzaron a llamarlo. Era la hora en que solía salir del instituto. Una voz desconocida contestó el teléfono y les informó que el aparato estaba en el Hospital del Norte. La familia se trasladó de inmediato.
En el hospital no figuraba en la lista de heridos. Su celular apareció, pero no su nombre. La búsqueda continuó en la morgue del mismo centro médico, donde finalmente lo hallaron.
“No tenía ningún documento”, relató su padre. La mochila tampoco apareció; la familia cree que alguien se la llevó en medio del caos.
El domingo fue velado en la zona de Miraflores. Entre flores y abrazos, Teresa compartió un recuerdo que refleja la dimensión de la pérdida: durante la pandemia compró un paquete en el Cementerio Kantutani para no dejar cargas futuras a sus hijos.
“Mi hijo era el que me tenía que enterrar a mí. Nunca imaginé que ese paquete sería para él”, afirmó Teresa Vilasec con la voz quebrada.
Víctor guardó silencio unos segundos antes de hablar. Luego resumió el dolor en una frase directa: “No saben lo que cuesta enterrar a un hijo. Por naturaleza debería ser el hijo quien entierre a sus padres”, agregó, sin poder contener las lágrimas.

